lunes, 7 de julio de 2014

Abandonarse.

Sabía que algún día tendría que dejar eso que le hacía sentir tan bien.

No se deben meter los dedos en el enchufe. No te debes lanzar de cabeza al agua sin antes comprobar la profundidad. Esa bolsa que envuelve el puzzle no es un juguete. Debes abrocharte el cinturón de seguridad si viajas en coche. Todo exceso etílico conlleva resaca. Te advierten de que esa camisa debe ser lavada con agua fría.

Sí, pero qué hacer cuando su presencia se torna imborrable. ¿Qué clase de lucha has de librar, sabiendo que la derrota es inevitable, cuando te alcanza su aroma? ¿Qué hacer cuando los susurros te taladran diciendo lo que en ese mismo momento también tú estabas pensando e incluso de manera más intensa, cuando esas palabras te enriquecen el alma?

Ese instante, siempre es un instante aunque el reloj diga que han sido horas, se va y vuelve a su realidad y no se va de su mente y el espacio que estaban compartiendo sigue allí esperándolos, vacío, triste, desolado.

En efecto, la advertencia no evitaría que hiciera justo lo que no debería hacer, no evitaría que buscase en sus recuerdos.
 

Se pregunta que qué necesidad había de esto. Antes de imaginarse el uno al otro se podría decir que eran maravillosos, ahora son plenos, se complementan y ciertamente la mayor parte del tiempo es muy agradable y cuando duele, duele mucho.

Existen salidas. No le importaba haber encontrado un refugio tan pusilánime y peligroso. Pasaba más y más tiempo en su reducto paralelo a la realidad, esa realidad en la cual no son uno. Conocía los peligros y se asustaba, pero cada vez menos.

Lo vuelve a hacer, se acerca a su centro de suministro y adquiere otra dosis. Vuelta a empezar.

Sabía que nunca podría dejar eso que le hacía sentir tan bien.
 

(Gracias Alexis R., me has ayudado a digerir parte del todo que llevo dentro).