No
conozco a nadie que haya nacido el mismo día que yo.
No
digo que no existan seres maravillosos, llenos de incongruencias, vísceras,
deseos, tormentos y rudimentos varios, que acudiesen a este paréntesis de eternidad el
mismo día que yo, lo que digo es que los de este día nos repelemos.
No podemos coincidir, debido
a una ley tanto incomprendida como inexistente.
Es lo que ocurre en las paradojas de los viajes en el tiempo (mira
que me gusta este tema); no puedes encontrarte –en teoría- con tu yo futuro o
con tu yo del pasado.
Tengo
innumerables vivencias e interioridades que anhelo compartir, así como otras
que atesoro únicamente para mí y bastantes que no quería compartir y finalmente
sí he hecho.
El
día de mi cumpleaños pertenece a esta última categoría. Es una fecha ya de por
sí egoísta; recibes regalos, atenciones, mensajes de seres invisibles e
inaudibles el resto del año, todos enalteciendo lo buen ser humano que eres y
cuanto desean verte. Ya sea durante 5 segundos, 7 horas o durante toda una vida, eres el
centro de atención de muchos o de unos pocos, incluso de ninguno.
Por
todo ello y como expresión máxima de egoísmo que pretende no involucrar a nadie, deseé convertir el día de mi cumpleaños en algo anónimo; 24 horas sin ser yo, en un limbo impersonal.
¡No lo conseguí!, así que miro hacia delante y felicito a todos los que lo
merecen y recibo todas las felicitaciones agradecido de corazón.
Felicidades
y gracias.


