La lluvia de fuego que lentamente
devoraba la ciudad penetró en sus
pupilas e hizo que su cuerpo se estremeciera, había llegado la hora de
despertar.
Parecía que hubiese dormido durante días, semanas.
Se sentía descansada, aunque algo inquieta…intentó moverse, pero no lo
conseguía, quizás había olvidado cómo hacerlo.
Lentamente se desperezó, estiró sus alas y un
impulso que no podía contener la guió a realizar movimientos armónicos. La luz
cegadora del día se volvió intermitente. Notaba cómo ascendía y se alejaba cada
vez más de su lecho, dejando atrás aquel que había sido su hogar durante tanto
tiempo.
Atraída por un irresistible perfume buscó su destino,
su deseo.

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